Análisis, Fernando Hiciano, Gerson Adrián Cordero, Ryan Bladimir, Willian Yamil Estevez Peralta

Iván Ilich: la avaricia hecha persona

Por: Ryan Bladimir


En nuestro diario vivir, hemos encontrado en alguno u otro lugar, muchos “Iván Ilich” por doquier. El mundo está plagado de ellos; de ahí la inmortal grandeza de Lev. Tolstói. ¿Y si les digo que ustedes y yo, leyentes, en inconmensurables ocasiones han padecido el síndrome “Iván Ilich”? Este personaje, es un claro ejemplo de la avaricia hecha persona, de la mediocridad (que José Ingenieros nos desmenuza en su magna obra), andante. Ahora bien, puedo salvarles sus laberintos emocionales afirmando que la enfermedad Iván Ilich se cura; inclusive, muchos hombres, asimismo, han logrado salir de esas bestiales garras si así tengo la potestad de llamarle. Aquellos hombres—libres, han conseguido el éxito espiritual (que nada tiene que ver con el éxito monetario; al contrario, huye de él), y han conseguido una vida plena. A los que no se han dado el lujo de tomar la miel de la tinta del escritor ruso, es a quien les vengo a hablar brevemente de la obra; en cambio, a los que han tenido el privilegio que leer esta extensa obra de no más de 90 páginas (la sabiduría también representa extensión); pues revivirán su más anhelado recuerdo…

La novela: “La muerte de Iván Ilich”, desde la audaz perspectiva del narrador omnisciente, nos cuenta la historia del mismo personaje que lleva el título; el tercer hijo de unos padres de clase media. Su progenitor, quien era un notorio abogado de exuberante brillantez en su oficio, fue su inspiración para estudiar a lo que más tarde le catapultaría a su infierno emocional; (se me fue un poco la mano), a la abogacía. Sus años universitarios transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. Ya graduado con honores en la universidad más prestigiosa para dicha carrera, solo tardó un efímero tiempo en ejercerla, ya que su padre… 

Desde ese momento en adelante, es cuando Tolstói comienza a moldear y dar forma más concreta al joven abogado, entregado al cien por ciento a su vida profesional. Como si laborase en un prostíbulo, se trasladaba de una ciudad a otra a trabajar con el mejor postor. Cuando se encontró en el puesto más deseado, en la cúspide más alta, (en la montaña rusa de la vida), es cuando el autor lo deja caer hasta en pavimento, lo conduce hacia la muerte espiritual.

En su crisis existencial, mientras yacía en su cama que al mismo tiempo jugaba el papel de féretro, Iván se cuestionaba muchas cosas. Reflexionaba sobre la pobreza y la riqueza, sobre las dichas y las desdichas, sobre las personas que humilló mientras ascendía por los peldaños del éxito monetario. Mientras su muerte física le observaba detrás del vendaval de su habitáculo; quería saber el porqué, de su situación. Aunque murió sin saber la verdad absoluta, nosotros, desde nuestras juiciosas perspectivas, sí que la sabemos: Iván Ilich simple y llanamente había pagado en vida por sus hechos…

Antes de despedir estas líneas, me gustaría preguntarles: ¿desearían seguir siendo un Iván Ilich?

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