Análisis, Fernando Hiciano, Gerson Adrián Cordero, Willian Yamil Estevez Peralta

El amor que arde

Por: Enmanuel Peralta


Hace pocos años hice un descubrimiento de una bella canción cantada en la lengua de los Yankees, por Alec Benjamin, quien también es un Yankee. Tal descubrimiento me recordó en mi agitada vida que yo tenía sentimientos, me trajo el tumultuoso recuerdo de los amoríos fallidos, y que algunas vez fueron preciosos sin hacernos muchas preguntas sobre el futuro, ni dónde había ningún temor de amar. La canción se llama: Let me Down Slowly.

 Esa pequeña canción de veinteañeros me recordó una brutalidad que cometí: dejar a una chica enamorada de mi de un solo golpe, le sentí su garganta tragando piedras mientras le decía: terminamos. Y yo, sin remordimiento, por dentro me decía que “eso no era nada, que a mi también me lo habían hecho”, y “que las cosas así debían ser”. Luego, diez años después me despierto de madrugada terriblemente arrepentido de haberle dicho: terminamos. Retumbaba en mis entrañas con amenazas perturbadoras.   Pero este arrepentimiento no llegó gratis, ni la canción me enganchó de la nada. Pues la historia es más larga. E incluso descomunal, no la historia de la que le dije: terminamos. En seco. Si no de otra, que me pagaba con la misma moneda, en un misterioso castigo divino. Si, ella la que acaba de decirme a mi, no que terminamos(nunca fuimos nada), más bien, no me dejo ni siquiera entrar al terreno de la labia, esa etapa que el dominicano llama “cotorra”. Es que en esta última muchacha, todo fue más imaginario que real. Su “terminamos”, fue mucho antes de que hubiera algún comienzo. Y sus daños perduran hasta el dia de hoy. 

 Días pasaron en que esperando penetrar sus  ojos con los míos  mediante una conversación, verla y apreciar de cerca los contornos de su rostro, la perfección de su sonrisa, la forma en que ella gesticulaba las palabras, el estilo de modular su voz. ¡Oh, y qué decir de su pelo! ¡Ondulado! ¡ Largo! Si ustedes vieran como brotaban, sus cabellos, brillantemente negros sobre sus hombros y espalda con una majestad descomunal incrustandose en su piel canela. No quiero revelar ni el nombre. Solo sé que  si al  verla el primer día, se puede decir en lengua Yanke: I will  fall in Love. 

 Muchas noches cuando me acuesto; me resonaba la canción natural de los enamorados, esa que resuena en el alma después de apagar la luz, que hacen que uno piense en el Matrimonio, que uno imagine paseando con ella, bailando, haciendo chiste, presentándole la familia, ¡todo lo bello!, aunque no haya pasado con la dama en cuestión  más que palabritas. Y muy pocas. Ocasionales, y nada tocante al tema real. 

¿Me detuvo ella? no, ni una amiga de ella. ¿Cuándo y cómo? Cuando tal vez bajo sospecha, mi mirada desvelaba la más intensa y pura de las pasiones divinas. Digo que el destino, tal vez,  se dio cuenta, y después de una noche de feria en el festival de los caídos, no se si a forma de chiste, o por mal informarme, o tal vez haciéndome una advertencia a mi propia alma, me dije: no la ames. Alejate. 

 En blanco, rotunda, y con una sonrisita espiada mi alma habla consigo misma. Como si yo se lo hubiese preguntado. ¡Esa azarosa! Sus palabras me cayeron como un hierro, un  dilema moral se batía dentro de mi con el mandamiento.  Solo Dios sabe cuánto ardor, locura y pasión en mi interior que querían saltar sobre mis pupilas. Dios pone el amor más profundo en el corazón junto a la prueba más avasallante. La increíble distancia que llega a atormentar los corazones enamorados. 

 Ese golpe recibido no se entiende si no explico  el misticismo que se apodera del alma mia. 

Fue cuando  “Let me down Slowly” de Alec Benjamin penetró en mi, y me desveló el alma, sueños de labios recorridos estando enamorado de su rostro, de todas las veces que llegué uno a mirar, en las imaginaciones,  a una dama ardiendo de amor, palpitante, solo escuchando la canción repetidas veces, a bocanadas de pipa y sorbos de ron:”Could You find a way to let me down slowly”. Yo quería implorarle de esta manera, y quería ardientemente que ella me escuchara: a little sympathy I hope  you can show me. Algo se estremecía, una soledad absoluta, llena de una aplastante resignación ante  una mujer que abandona un alma enamorada con rudeza aun sin saber el tamaño y la intensidad del ardor.  La voz de Alec Benjamin, suplicante, que tan solo buscara una manera de que pueda asimilar la situación, slowly.  Pero y ¿Por qué me tocas tanto las fibrillas del corazón? ¿O es solo culpa de los estados ilusorios a los que las canciones bonitas suelen arrastrar a los hombres ruin? 

 Cuando la miro, solo la quiero para mi, sin discreción, sin mentiras, sin ocultarme,   la amo entera, completa. Maldigo el destino escuchando la canción en noches frías, por tratarme tan cruel un amor ardiente, aun sin que al día de hoy ella se enterase: 

If i wanna go  then i’ll be so lonely

If you are leaving baby let me down slowly

Let me down, down, down…