Cultura, Historia

Plañideras: un oficio de mujeres que cobran por llorar muertos

Origen 

En el trascurrir de la historia, han existido practicas milenarias, que específicamente tienen nombre de mujer, como es el caso de las mujeres que lloran los muertos, haciendo de esto un ejercicio u oficio pagado por los parientes de los difuntos. 

Estas señoras daban continuidad a su quehacer, convirtiéndose en una costumbre que era transferida de generación en generación, de mujeres a mujeres de un mismo linaje y familia, que en ocasiones se llevaba a cabo por amor, lealtad, respeto y tradición, así como, para honrar a las lloronas más antiguas que no podían ejercer o habían trascendido a otro plano. 

Estas informaciones las hemos encontrado en investigaciones sobre el tema, en documentos muy antiguos que reseñan este oficio de mujeres que ha caído en desuso y que se hacía como una manera de generar recursos económicos por parte de las féminas, así como de intercambios o trueque por parte de las plañideras por llorar en los funerales. 

La palabra deriva de plañir, o lo que es lo mismo, gemir, sollozar o llorar. A su vez, este vocablo proviene del latín plangere, que significa llorar, lamentarse aparatosamente, golpear en señal de dolor. 

El surgimiento de las lagrimas 

“El sistema lagrimal se desarrolló por primera vez cuando los peces se convirtieron en anfibios terrestres. Dejamos el agua y empezamos a llorar por el hogar que habíamos abandonado dice Heather Christle en “El libro de las lágrimas”. 

Llorar, ese acto que responde a emociones de todo tipo. Llorar por miedo, por alegría, por tristeza, desde que llegamos al mundo. Aunque para Christle, “quizá no podemos conocer las verdaderas razones de nuestro llanto. Quizá no lloramos por, sino cerca o alrededor”. Respuesta, pregunta, a veces el llanto no es nada de eso, es una forma. El llanto es una capacidad. 

Sin embargo, no es una capacidad reconocida, sino relegada a las mujeres, empleada para satisfacer la forma del sistema patriarcal hasta nuestros días. Recientemente, en Europa en la ciudad de Madrid España, han abierto una llorería. Pero mucho antes de la capitalización del llanto sin desestigmatizarlo, mucho antes de que empresas cobraran a quienes necesitan llorar, fueron las mujeres las que cobraron por hacerlo. 

Se considera como una de las prácticas funerarias más antiguas, en las que la llorona se convierte en una especie de actriz trágica, una profesional cuyo origen y evolución podemos rastrear desde los tiempos más remotos en multitud de representaciones artísticas. Era la manera de dejar constancia pública tanto del dolor de los familiares del difunto, como de su estatus social, puesto que requerían una remuneración que muchas veces los deudos no podían pagar. 

En nuestra investigación en diferentes fuentes, hemos encontrados varias formas de como se le llama a este oficio. Desde lloronas, choronas, lloriconas, lastimeras, rezanderas, vocetrices o plañideras, aparecen frecuentemente en las fuentes arqueológicas, vasos, pinturas, esculturas o literatura. Estas manifestaciones artísticas son en multitud de ocasiones la manera de acercarnos al estudio de una figura que fue crucial a lo largo de la historia, puesto que sorprendentemente, pocas veces son mencionadas en otro tipo de documentos. 

Seres psicopompos 

Las plañideras eran seres psicopompos, que con sus lágrimas y cánticos preparaban el paso del difunto al otro mundo. Guardaban relación con las prácticas más antiguas de magia, un rito de paso documentado a través del arte desde época muy antigua. 

Las plañideras no lloraban por llorar, no cobraban por cualquier cosa, sino por lamentar la muerte de alguien cuya alma, a través de aquellos sollozos de mujeres, alcanzaría el descanso eterno. Según apunta la historiadora Ana Valtierra, tal y como recogen Ángeles Boix Ballester y Encarna Lorenzo Hernández, su origen podría estar en Egipto, en algunas mujeres que siguieron el ejemplo mitológico de Isis, la gran diosa madre. Cuenta la historia que Isis lloró desconsoladamente cuando murió su esposo Osiris, asesinado por su hermano Seth, mientras buscaba sus trozos por todo el país e intentaba devolverlo a la vida. Mito o realidad, las plañideras ya aparecen representadas en restos arqueológicos, desde cerámicas hasta pinturas de entonces. 

Para dar fundamentación a este trabajo, en la investigación realizada, hemos encontrado diferentes bibliografías y documentos antiguos consultados, como la “Epopeya de Gilgamesh”, considerada la narración más antigua de la historia, donde ya aparece el termino de plañideras y se narran sus acciones en los servicios fúnebres de esos tiempos. 

En estas tablillas escritas en cuneiforme del II milenio a. C., Enkidú llora por su amigo, y el autor manifiesta: “Me lamento amargamente como una plañidera”, dice. También “para Tammuz, el amante de tu juventud, has ordenado llantos año tras año”, señala. «En la antigüedad, ya se incluía su representación acompañando al cortejo fúnebre. 

Una de las imágenes más antiguas que se conoce sobre este oficio y aún se conserva la guarda el Museo del Louvre en Paris, pertenece a la cultura egipcia y data, de entre el año 1295-1250 a. C. de acuerdo a los expertos, curadores, críticos y especialistas en museografía y coleccionistas de piezas antiguas, se ha establecido, además de que es una pieza con un valor histórico incalculable, se cree que representa a la antigua diosa, llamada Isis, que de acuerdo al análisis de la imagen, se encuentra en una posición como llorando por su esposo, llamado Osiris, que fue asesinado, cortado en pedazo vilmente por su hermano Seth y sus restos fueron expandidos por todo el reino. 

Sobre la historia de la macabra muerte del rey Osiris, establecen los historiadores, que su esposa, tras largas caminatas, encontró todas las partes de su cuerpo en diferentes lugares, menos el pene. Esta luego procedió a unir las partes del cuerpo de su amado, con la ayuda del dios Anubis, quien acompaño a la diosa en su proceso de dolor y sufrimiento. 

Otras informaciones sobre el origen de esta práctica, son, que en la cultura griega se destacaba el culto y respeto por los antepasados. Enterrar a los muertos era un deber sagrado social, pero también personal. Además, para los griegos, la muerte y nacimiento de sus parientes eran los dos acontecimientos más importantes de la vida, en los que se inhala o exhala un aliento vital, según el caso. 

Las plañideras en Roma 

De ahí el que los griegos pensaran que estos dos acontecimientos estaban unidos, y llegaran a estar prohibidos en los santuarios, templos o incluso algunos territorios. Este hábito griego lo heredó, como tantas cosas, el mundo romano. 

Los romanos usaban el término de “praefica” a la plañidera principal de cada comitiva, siendo esta la que dirigía el lamento y además daba al resto de sus colegas el tono de tristeza adecuado de acuerdo a la hora y lugar donde se realizaba la ceremonia, para que la habían sido contratada. 

Fue Roma quien difundiría su costumbre por todo el Mediterráneo, perpetuándose en la Edad Media. Un ejemplo, es el sepulcro de la reina Doña Blanca I de Navarra (1385-1441), donde se interpreta un funeral y varias personas presentes, entre ellas varias plañideras acompañando en forma de duelo. Esta imagen se encuentra en la actualidad en el Museo de Arte de Cataluña, las vemos descontextualizadas, pero constituyen una de las mejores muestras de este tipo de representación (Valtierra, Ana 2020). 

Sabemos por un documento de 1295 que don Sancho Sánchez Carrillo y su esposa doña Juana fundaron unas capellanías obteniendo, en contrapartida, el permiso para enterrarse en su interior. Lo decoraron con figuras y plañideras, que se aglomeran haciendo grandes gestos de dolor entre lágrimas, así como agarrándose de los cabellos. Algunas incluso se arañan el rostro, que muestra profundas heridas. Efectivamente, en medio de toda esta teatralidad era frecuente autolesionarse o macharse las ropas y cara con barro. 

Las autoridades tanto civiles como eclesiásticas de diferentes épocas y lugares, intentaron terminar con este ritual funerario, considerado irreverente. Desde el siglo XIV se hicieron leyes para erradicar el uso de plañideras, que entorpecían los oficios con sus lloros o tirándose encima de los sepulcros en medio de un gran alboroto. 

A estas prohibiciones se sumaron las autoridades de las iglesias de esos tiempos y como evidencias encontramos documentos, donde obispos dan poder a los sacerdotes de pequeñas parroquias para prohibir las prácticas de que los familiares de difuntos llevaran las denominadas lloronas a los funerales que celebran las iglesias. 

El servicio de estas mujeres sirve para darle notoriedad al entierro, porque cuanta más pesadumbre muestren las doncellas, mayor se cree la tragedia de la pérdida. En Semana Santa, es habitual verlas llorando por la muerte de Cristo tras los pasos. O incluso en Carnaval en el Entierro de la Sardina, en el desfile que parodia un cortejo fúnebre. Otros países continúan contratando los servicios de estas mujeres, o incluso realizando concursos nacionales, donde se premia la espontaneidad, la creatividad en su vestuario y el llanto, como es el caso del Museo de la Muerte de San Juan del Río (México). 

Los cementerios, les siguen así honrando en piedra, como en el caso de Luján (Buenos Aires), cuya entrada está flanqueada de estas monumentales y catárquicas figuras. A fin de cuentas, es uno de los oficios más antiguos del mundo, casi tanto como la existencia de la propia muerte. 

Las plañideras en el mundo antiguo 

El oficio de las plañideras apareció en el antiguo Egipto, ya que existía un tabú que prohibía manifestar tristeza por la muerte de un difunto. Debido a ello, se contrataban mujeres que realizaran dicha labor. 

En esa cultura las plañideras eran llamadas yerit, quienes transmitían el oficio de madre a hijas. Las yerit asistían a los funerales con vestidos azules, el cabello suelto y con los brazos en alto como signo de sufrimiento. El uso de las plañideras también fue parte de la cultura griega, incluso son mencionadas en Las Coéforas de Esquilo. En esta tragedia se les describe como mujeres con velos negros. 

La costumbre de las lamentadoras se mantuvo en la civilización romana, quienes refinaron su uso. En esta cultura las plañideras eran llamadas praeficas y su uso, entre mayor cantidad, en un funeral era signo de estatus social. Además, implementaron el uso de los lacrimatorios, vasos en los que se recolectaban las lágrimas para enterrarlas junto a los muertos. 

El llanto en la cultura prehispánica

En la época prehispánica, como en la cultura náhuatl, el llanto tenía una psicología compleja, por lo cual es probable que sea el principal factor para la aparición de plañideras en países como México. De acuerdo con el testimonio de Diego Durán, durante el funeral del gobernador Ahuízotl se empleó “un gran llanto” luctuoso. Dichos ritos podían extenderse hasta por cuatro días, sin embargo, hubo eventos en los que se lloró hasta por 80 días continuos. En estos casos, se creía que el llanto acompañaba a los difuntos en su viaje al Mictlán, por lo cual se puede considerar como un medio de comunicación. 

Además, la cultura mexica entendió el llanto con un valor positivo, ya que era el medio para superar situaciones políticas, mantener los vínculos tras la separación y fortalecer el espíritu. 

Las lamentaciones en el mundo semítico 

Mientras tanto, en el mundo cristiano el uso de lamentatrices se censuró desde la Edad Media. La principal razón era que el lamento por los difuntos representaba una oposición al dogma cristiano de la resurrección y la vida eterna. 

Plañideras y religión 

Sin embargo, tanto la religión judía como cristiana comparten elementos de llanto ritual. Incluso el libro bíblico de Jeremías menciona el uso de lloronas como medio de intercesión entre Yahvé e Israel. 

Por su parte, el Nuevo Testamento muestra la imagen de mujeres con luto intenso tras la muerte de Jesús, principalmente en la figura de la Magdalena. En cuanto el islam, durante la España musulmana se empleó el uso de plañideras como símbolo de estatus. Sin embargo, las plañideras en sí mismas fueron asociadas a la locura y el oficio fue estigmatizado. 

Las plañideras en América Latina 

Hasta hace poco el uso de plañideras era una tradición en distintos países de América, y estas reunían distintos elementos de sus antecesoras. Las plañideras o lloronas solían asistir a los funerales vestidas con ropa y velo negros, diferente a la cultura de ellas en Egipto, que hemos encontrado que visten túnicas con los pechos descubiertos y usan el pelo suelto, en Grecia portan un velo negro, en Roma aun en la actualidad no lloran, pero sí rompen dramáticamente sus prendas de vestir con la desesperación y el dolor que dan a entender sentir a los presentes al velatorio del difunto. 

A diferencia de otras culturas, por lo general las plañideras de intentan que los dolientes profundicen su dolor por el fallecido, para eso buscan que el lamento sea sincero. Por tal razón la mayoría de los casos los empleos de plañideras tienen por objetivo reforzar la reputación del difunto. Sin embargo, algunas de ellas también fungían como rezadoras y acompañantes de los deudos, como hemos notado en esta investigación en los casos de estudios en países como: México, Brasil, Panamá, Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia y República Dominicana en menor proporción. 

Actualmente la costumbre de contratar plañideras va en declive, sin embargo, la tradición ha evolucionado en eventos como el Concurso Nacional de Plañideras en la ciudad de Querétaro en México, donde dicho evento se celebra de forma anual en el contexto del Día de Muertos y la participación de lloronas va en aumento cada año. 

Las plañideras en la actualidad 

Investigando sobre el tema, para escribir este trabajo, nos hemos dado cuenta, que este servicio sigue siendo vigente en países como Taiwán, donde se tiene la creencia que los difuntos requieren una despedida escandalosa para alcanzar la otra vida. Liu Jun-Lin, de 30 años, es la llorona más famosa de Taiwán, sus servicios son tan populares que diariamente atiende de dos a tres funerales de desconocidos junto con su hermano, A Ji, quien se encarga de tocar música tradicional con instrumentos de cuerda. Este par de hermanos han continuado con la tradición familiar funeraria desde los 11 años, los jóvenes han logrado prosperar en la industria del llanto, a la fecha cuentan con un equipo de 20 mujeres. 

Finalizando, hacemos saber, que actualmente el negocio del llanto sigue estando vigente en muchas poblaciones del mundo; aunque se ha transformado, como suele ocurrir en los fenómenos culturales y esa transformaciones la hace el individuo por su necesidad, es por eso que, algunas mujeres han pasado de las representaciones y la lloradera dramáticas, a cobrar por rezo del rosario, otras son cantadoras, decoradoras de altares de muertos, limpiadoras en los cementerios, cuidadoras de tumbas, vendedoras de flores y velas, cocineras, meseras en funerales y otras intercambian su presencia con pago en especie, es decir, con cualquier manjar o bebida que sirvan en el funeral, con la finalidad de llevar a sus hogares. 

Las plañideras son tan famosas, que encontrado un poema Federico García Lorca, titulado «Muerto de amor», donde relata el trabajo de estas mujeres y le da sentido literario. Aquí compartimos una estrofa. 

«Tristes mujeres del valle bajaban su sangre de hombre,

tranquila de flor cortada y amarga de muslo joven.

Viejas mujeres del río lloraban al pie del monte,

un minuto intransitable de cabelleras y nombres».


Jonathan De Oleo Ramos

Dominicano, estudiante de la Maestría Conducente a Doctorando en Educación con Orientación a la Investigación, Docencia y Liderazgo. Master en Neurocoching Educativo, Neuropsicología Infantil e Innovación Social. Especialidad en Didáctica de las Ciencias Sociales y Ciencias de la Complejidad, Postgrado en Políticas Culturales, Arte y Folklore Dominicano y Estudios Afrolatinoamericanos. Con formación en Supervisión, Didáctica, Gestión y Planificación Educativa, Enfoque por Competencias, Desarrollo Directivo y Organizacional, Gestión Pública, Gerencia de Proyectos, Pedagogía Sistémica, Derechos Humanos, Etnografía e Investigación Social. Profesor, Periodista, Gestor Cultural, Investigador, Folclórico y Cultural. Analista, Articulista y Escritor. Conferencista y Facilitador en eventos académicas y culturales, con temáticas vinculadas a su línea de investigación antroplogica. Ha recibido reconocimientos de instituciones su país y el exterior, por su experiencia, aportes, dedicación, formación y trabajos destacados.