Las flores que caen en las horas de las tinieblas

Las flores que caen en las horas de las tinieblas
Tiempo de Lectura: 4 Minutos

Por: Fernando Hiciano


Las cifras de los feminicidios son alarmantes. Aterradores. La ley 14-97 de protección de la mujer no es capaz de detener la violencia contra ella. Estimamos que continuará a la medida que la familia se va distanciando de los valores que la formaron.


Este estudio no pretende exponer estadísticas sangrientas. De ningún modo, presentaremos un número que haga referencia a un ser humano, específicamente, una mujer, y luego un esbirro, poseído no se sabe de qué espíritu endemoniado, intente romper nuestra cifra para hacerlo viejo con la ejecución de un feminicidio nuevo.


Nadie querrá estar en el abismo de un feminicida. La mente de un criminal profesional funciona de otro modo al asesino doméstico que hace algunas curvas para llegar al objetivo. La mecánica del crimen que lo mueve son las emociones.
El asesinato de la compañera de vida quiebra considerablemente la estabilidad de la familia. Las secuelas de los huérfanos, el encarcelamiento del padre, (sino se quita la vida) el confinamiento emocional de los familiares de ambas partes, con el cultivo de un odio desenfrenado, la intriga, la enemistad de ambas familias, de igual modo, el aumento del malestar del entorno social fluye como gas inflamable.


Los hijos cargan con un odio y una culpa en contra del homicida, que casi siempre es el padre, y a veces el padrastro. Muchos de estos menores quedan pendidos en el limbo. Incapaces de rendir en la escuela y con escazas posibilidades de hacer una vida útil en la sociedad. Algunos jamás no logran salir de ese abismo que le han impuesto vivir. Mientras estos son posibles repetidores en potencia de esa violencia que arrastran en su pensamiento. Podrá hundirse la tierra, pero nunca el asesinato de una madre por parte del padre no se olvida de la mente de un hijo.
La mayoría de los feminicidas son víctimas también. La carga tóxica de contenidos violentos y pornográficos impuesto a nuestra sociedad brotan a flor de piel.
Cuando una familia es víctima de un feminicidio el Estado sufre un revés. Se produce un desajuste económico. Al igual que se evidencia un desequilibrio emocional y psicosocial enorme que afecta considerablemente al individuo en cuestión.


De manera, que el Estado debe erogar cuantiosos recursos para estabilizar con programas sociales esos individuos que quedan en la orfandad. Sino se trabajan psicológicamente, la sociedad tendrá que vérsela con ellos cuando empiecen a sacar factura. Y así, los eslabones de la cadena se van ordenando, tristemente para dañar a otros eslabones del conglomerado social. Se produce un fenómeno, que si no es bajo la fe no se podrán comprender. Como si nuestra sociedad existiera una entidad maligna que está sacando jugosa partida con el desastre de la familia.


Por otro lado, la ley de protección de la mujer nunca podrá resguardarla, sin antes no se protege la familia. Más bien esa ley es la principal enemiga de la mujer. Está mal concebida, mal interpretada y administrada por quienes la representan. Valoramos el origen de su buena intención cuando fue legislada esta ley y aplaudida por la población, pero desde que entró en vigor los femicidios han aumentado a granel. Dicha ley no da ninguna garantía para salvar la vida de la mujer amenazada por su compañero. Los feminicidios cada año rompe el récord. Mientras las fiscales muestran mayor ensañamiento contra el hombre, no sabiendo que hace más que arrebatarle la única oportunidad de la parte en conflicto para socializar un punto de encuentro de la unificación de la familia. Órdenes de alejamiento y prisiones, a veces injustas son minas humanas cargadas de dinamitas. ¿Cómo puede proteger el Estado a la mujer, si hasta los agentes y oficiales ya son partes del conglomerado de las violencias domésticas y los feminicidios que vive la nación?


El mismo Estado condena a la familia siendo tan permisivo con tantas señales de muerte que no controla a través de los medios de comunicación y redes sociales. El transculturalismo, henchido de programas nocivos, de pseudos grupos tóxicos han flagelado casi toda la sociedad.
Nos preguntamos, ¿cuántas mujeres más serán asesinadas a manos de su pareja sentimental (ahora no esposo o marido) porque así le conviene que se les denomine a unos grupos fantasmas? ¿Cuántos hijos pasarán a la orfandad con problemas serios para asimilar que su padre le mató la madre?


El Estado debe dotar a la sociedad de trabajadores sociales en compañía de psicólogos para trabajar la familia y pisarle la cabeza a la violencia. También poner a Dios en el centro de la vida. Sino se salva la familia, no podrá salvarse el Estado.
Lamentablemente, gran parte de nuestra sociedad ha caído en la borrachera, infidelidad de la pareja de ambos lados, promiscuidad, concupiscencia, y el hedonismo que brotan en una población llena de ruido para no encontrarse consigo mismo.


El hombre todavía no ha asimilado que la mujer es una parte igualitaria e importante en la toma de decisiones en el matrimonio. Debe respetar su independencia y privacidad como pareja. La integridad de la persona está por encima de todo. Pero esta libertad no debe tomarse como un libertinaje. Igualdad de sexo, no de género, como hay grupos exógenos que quieren confundir a la población. Es considerable que en una relación conyugal uno y otro fallan. Pero buscar un culpable siempre abre más una herida que puede romper la relación conyugal. El matrimonio se puede salvar cambiando conductas agresivas por la del mutuo respeto. No se amen tanto, respétense más. Hagan una hermandad con el matrimonio.


Si debiera de haber una ley de protección que sea la de la familia. Cuando la ley protege solo a la mujer, el fiscal siempre acusará al hombre, y si este resultare inocente, el mismo que impone la ley le está abriendo la puerta al agresor para la detonación de la tragedia del feminicidio.

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